Cuentos cortos... para que reflexiones.


Es probable que ya conozcas la saga de libros “Cuentos con alma”, de la autora Rosario Gómez. Si no sabes de que estoy hablando, mira:















Todos tienen un montón de cuentos anónimos y dejan una que otra enseñanza.



Y ahora yo, con los libros en mi mano transcribiré los 2 relatos más representativos de las dos primeras publicaciones.






CUENTOS CON ALMA I



El cículo del 99






Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día el rey lo mandó a llamar:



_Paje, ¿Cuál es es el secreto de tu alegría?- le preguntó

_No hay ningún secreto Alteza.

_No me mientas paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.

_No le miento Alteza. No guardo ningún secreto.

_¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿por qué?

_Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además, su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?

_Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar- dijo el rey – Nadie puede estar feliz por esas razones que has dado.

_Pero Majestad. No hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando...

_Vete. ¡Vete antes de que llame al verdugo!



El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.

El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa antes usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana:



_¿Por qué él es feliz?

_Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.

_¿Fuera del círculo?

_Así es.

_¿Y es eso lo que lo hace feliz?

_No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

_A ver si entiendo, ¿estar en el círculo te hace infeliz?

_Así es.

_¿Y cómo salió?

_¡Nunca entró!

_¿Qué círculo es ese?

_El círculo del 99

_Verdaderamente, no te entiendo nada.

_La única manera para que entendiera, sería mostrándoselo en los hechos.

_¿Cómo?

_Haciendo entrar a tu paje al círculo.

_Eso!!!, obliguémoslo a entrar.

_Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.

_Entonces habrá que engañarlo...

_No hace falta Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solito.

_¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?

_Si se dará cuenta.

_Entonces no entrará.

_No lo podrá evitar.

_¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo y de todos modos entrará en él y no podrá salir?

_Tal cual. Majestad, ¿Estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?

_Sí

_Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos, ¡99!

_¿Qué más? ¿Llevo guardias por si acaso?

_Nada más que la bolsa de cuero Majestad. Hasta la noche.



Hasta la noche, así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía:



“Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie cómo lo encontraste.”



Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse.

Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el ruido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró a todos lados de la puerta y entró.

El sabio y el rey se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado sólo la vela.

Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro!

Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas.

Una pila de 10, dos pilas de 10, tres pilas, cuatro, cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60... hasta que formó la última pila: 99 monedas!!!

Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa.

_No puede ser-pensó

Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.

_¡¡ Me robaron – gritó – me robaron, malditos!!

Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació los bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba.

Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro, “sólo 99 monedas”

_Es mucho dinero – pensó.

_Pero me falta una moneda. Noventa y nueve o es un número completo – pensaba – ¡Cien es un número completo!

El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguno de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó el papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número 100?

Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después, quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo.

Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario.

_Doce años es mucho tiempo – pensó.

Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y él mismo, después de todo, terminaba su tarea en el palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello.

Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años rejuntaría el dinero.

¡¡¡Era demasiado tiempo!!!

Quizás él pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender... vender... vender...

Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno? ¿Para qué más de un par de zapatos?

Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría la moneda cien.

El rey y el sabio volvieron al palacio.

El paje había entrado en el círculo del 99...

Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche.

Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de malas pulgas.



_¿Qué te pasa? – preguntó el rey de buen modo.

_Nada me pasa, nada me pasa.

_Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.

_Hago mi trabajo ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?



No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.









Riqueza



Una vez, un padre de familia acaudalada llevó a su hijo a un viaje por el campo con el firme propósito de que su hijo viera cúan pobres era la gente del campo.

Estuvieron por espacio de un día y una noche completos en una granja de una familia campesina muy humilde.

Al concluir el viaje y de regreso a casa el padre le pregunta a su hijo:

_¿Qué te pareció el viaje?

_¡Muy bonito papá!

_¿Viste que tan pobre puede ser la gente?

_¡Sí!

_¿Y qué aprendiste?

_Vi que nosotros tenemos un perro en casa, ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina, ellos tienen un arroyo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. Nuestro patio llega hasta la muralla de la casa, el de ellos tiene todo un horizonte. También vi que ellos tienen tiempo para platicar y convivir en familia.

El padre del muchacho quedó mudo después de este relato... y su hijo agregó:

_¡Gracias papá por enseñarme lo ricos que podemos llegar a ser!








CUENTOS CON ALMA 2


Amor sin condición






Una historia que fue contada por un soldado que pudo regresar a casa después de haber peleado en la guerra de Vietnam. Le habló a sus padres desde San Francisco:



_Mamá, papá. Voy de regreso a casa, pero les tengo que pedir un favor: traigo a un amigo que me gustaría que se quedara con nosotros.

_Claro – le contestaron – Nos encantaría conocerlo.

_Hay algo que deben saber – el hijo siguió diciendo – él fue herido en la guerra. Pisó una mina de tierra y perdió un brazo y una pierna. Él no tiene donde ir, y quiero que se venga a vivir con nosotros a casa.

_Siento mucho escuchar eso hijo. A lo mejor podemos encontrar un lugar en donde él se pueda quedar...

_No mamá y papá, yo quiero que él viva con nosotros.

_Hijo – le dijo el padre – tú no sabes lo que estás pidiendo. Alguien que esté tan limitado físicamente puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros tenemos nuestras propias vidas que vivir, y no podemos dejar que algo como esto interfiera en nuestras vidas. Yo pienso que tú deberías regresar a casa y olvidarte de esa persona, él encontrará una manera en la que pueda vivir solo.



En ese momento el hijo colgó la bocina del teléfono. Los padres ya no volvieron a escuchar de él. Unos cuantos días después, los padres recibieron una llamada telefónica de la policía de San Francisco. Su hijo había muerto después de que se había caído de un edificio, fue lo que les dijeron. La policiía creía que era un suicido. Los padres destrozados por la noticia volaron a San Francisco y fueron llevados a la morgue de la ciudad a que identificaran a su hijo. Ellos lo reconocieron, pero para su horror descubrieron algo que no sabían: su hijo tan sólo tenía un brazo y una pierna.











Un clavo en la puerta.






Tenía muy mal carácter. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta.

El primer día, el muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta.

Las semanas que siguieron, a medida que él aprendía a controlar su genio clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta. Descubrió que era más fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta.

Llegó el día en que pudo controlar su carácter durante todo el día. Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter.Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta.

Su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos que hay en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves.

Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas le devastará, y la cicatriz perdurará por siempre.






Y ese fue mi post, quizás en algunos cuentos puedan asociar su interpretación a .



Si te gustó el post, porfavor recomiéndalo.



Adiós!




















Autor: slashtaringa
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