El libro del aire: Animalitos

El libro del aire: Animalitos

Literatura puerto madryn Argentina Fela tylbor





El libro del aire

de

Fela Tylbor








Animalitos

a Nala

a Estrella




Estábamos comiendo pollo al horno cuando Martín, mi hijo mayor, que ese mediodía tenía casi cuatro años, se puso a filosofar mientras miraba la fuente en la que yacía el ave rodeada de papas: “Los animales tienen que vivir, respirar, dormir, jugar. No tienen que morirse. Podemos comer un chancho o una persona.”

No, no crean que Martín estaba expresando ocultos deseos antropófagos con su afirmación. Seguramente se había enternecido pensando en el pollo cuando estaba vivo, con plumas, correteando por la granja. Seguramente, también, su cadena de asociaciones lo habrá llevado a pensar en gatos, perros, caballos, pajaritos. Y los habrá imaginado viviendo, haciendo todo eso que hacen los animales y que disfrutamos en nuestras mascotas, o mirando por la ventanilla cuando nos vamos de viaje o en los documentales de Discovery Channel. Y al imaginarlos así, seguramente habrá sentido ternura, ganas de acariciar, de jugar, de corretear junto a ellos. Y al pensar en las personas, no habrá sentido la misma ternura y las mismas ganas de proteger que generan los animales. Quizás por eso expresó su deseo de comer una persona en lugar del pollo muerto con el que nos estábamos alimentando ¿Y el chancho? Bien, gracias. Jamás pude explicarme la elección del chancho.

Tenía razón Martín, ese mediodía de hace dieciocho años. Los animales tienen que vivir, respirar, dormir, jugar. Ronronearnos a la siesta, cuando el sol viene desde allá lejos para acunarnos. Darnos la pata para mostrarnos cuánto nos quieren. Los animales tienen que apoyar su hocico en nuestra falda y dejarse acariciar. Parir animalitos para hacernos vivir una vez más lo maravilloso de la maternidad, el instinto, la necesidad de proteger. Jugar con el ovillo de lana o un simple hilo, ensayando con movimientos rápidos la futura caza de un gorrión o un ratón. Estirarse con ondulación felina, solo para volver a acomodarse y seguir durmiendo otra vez, mientras a nosotros no nos queda más remedio que huir hacia el trabajo, porque estamos llegando tarde. Ser guardianes responsables y ladrar cada vez que pasa un auto o un papel o se mueven un poco las hojas del árbol del vecino.

Hablo de perros y gatos porque es lo que conozco. Porque durante estos años que tengo vienen acompañándome, pasando por mi vida, escapándose, haciendo pozos, llenando la casa de pelos, mirándome con ternura, pidiéndome mimos. Perras, perros, gatos y gatas habitantes de los numerosos domicilios en que viví. Animalitos y animalitas habitantes de las casas de amistades y parientes, con sus gustos, sus costumbres, sus propias personalidades.

Maullidos de Nala, exiliada en el jardín a causa del asma humano; Julieta y la Puli Puli, que parieron con días de diferencia y criaron a sus cachorros en forma comunitaria; la Ritz, que compite conmigo por la atención de mi amiga que a la vez es su dueña; Don Ernesto, que supo pelearse por las noches por cuanta gata se le cruzara, hasta que su dueña decidió terminar con tanta lastimadura y ahora anda castrado, gordo y sanito; Princesa, una perra encerrada en el cuerpo de una gata, fiel como un pichicho a la mujer que un día la adoptó; Floro, nacido con apariencia femenina bajo el original nombre de Flora, pero que un día nos sorprendió dejando asomar su masculinidad entre las patas; el Semigato, que venía a veces de visita y por eso nunca fue nuestro gato enteramente.


La persistencia de Biblia negra y sin estrellas, alias Estrella, que durante dos meses luchó contra mi indiferencia para lograr que me transformara en su dueña, y lo logró; la fidelidad silenciosa de Ozzy, acompañando a su dueño en las largas tardes; la torpeza de Casiperro, con esa mirada de no comprender por qué el mundo le queda tan chico; Arturito, recostado en la siesta cordobesa sin la menor intención de cumplir con el instinto guardián atribuido a los ejemplares de su especie; Merlina, ese ser peludo que tuve que dejar cuando una vez me fui de Madryn; la Nena, hablando con mi mamá en un idioma que ella dice entender,.

Hablo de perros y gatos, perras y gatas, que tienen que vivir, dormir y jugar. Que no tienen que morirse.

Pero se mueren.

Sin velorio ni salutaciones, sin flores ni rituales, simplemente se mueren. No dicen últimas gloriosas frases en el lecho de muerte ni reparten sus riquezas entre los feudos.

Se mueren. Así nomás. Dejando el platito de la comida y su lugar preferido a la sombra o al sol, porque sobre gustos no hay nada escrito. Así nomás.

Con aviso, sin aviso. Poniendo ausencia en lugar de calor. Haciéndonos pensar en la muerte y los ciclos. Recordándonos que nada es eterno, ni siquiera las personas, aunque no nos sirvan al horno y con papas.

























Autor: gato_cheshire
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