Julio Cortazar - Casa Tomada


Quiero Compartir Con Ustedes Un Cuento Que Me Gusta Mucho...





Julio Cortazar - Casa tomada





Del libro : Bestiario (1951)










Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas

antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos

de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa

casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana,

levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones

por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no

quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando

en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces

llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes

sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos.

Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y

silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por

nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos

primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los

ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese

demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal

se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo

creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no

hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias

para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en

un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana

encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a

comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que

devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y

preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada

valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo

importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro,

pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día

encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila.

Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a

Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses

llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el

tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos

como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se

agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.










Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con

gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que

mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa

parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living

central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán

con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán,

abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al

frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se

franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía

girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que

llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era

muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora,

apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca

íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como

se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus

habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se

palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de

macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento

después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles.

Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió

colocar al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de

roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o

en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la

alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un

segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me

tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el

cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para

más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate

le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor.

Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada

muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos

en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia

(pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y

nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.










Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun

levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos

de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el

almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene

cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba

molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y colocarse a cocinar. Ahora nos

bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco

perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la

colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos

mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más

cómodo. A veces Irene decía:

-Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que

viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco

empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude

habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la

garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían

caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se

escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán

que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el

roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La

puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban

tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones

de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos

irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a

los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos

despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene

empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de

acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la

puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el

baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca

manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los

ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el

baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la

puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos,

a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se

oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras

iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del

otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.








-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi

dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi

brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de

alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No

fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con

la casa tomada.












Les Dejo el Audio de Una Entrevista a Cortazar en Donde Habla de Casa Tomada.












































Si quieren Visitar mis Otros Post, Aca Les Dejo el LINK.



(Hacer CLICK En La Imagen De Abajo).












Por Favor Comenten, Gracias.




















Autor: carlosmaiden
http://libros-online-gratis.blogspot.com/

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada