Misteriosa Buenos Aires- Manuel Mujica Lainez- + Desacarga!

Misteriosa Buenos Aires- Manuel Mujica Lainez-  + Desacarga!

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Buenas gente, hoy queria compartir con ustedes un libro de cuentos excelente, les cuento que cuando era niño mi hermana mayor me lei siempre un cuento que se llamaba "El hombrecito del azulejo", ella lo tenia en uno de sus manuales del colegio y yo le pedia que me lo lea noche tras noche. Despues fui creciendo y cuando tenia 19 masomenos se me dio por saber de donde habia salido ese cuento ( por q siempre me lo acordaba) bueno, empeze a averiguar y cuando supe autor y libro me mande al Parque Centenario para ver si lo conseguia...y esa misma tarde me lo compre, era un libro viejo, de paginas amarillentas y cn olor a viejo! Lo tengo guardado por que para mi es una reliquia!!

Hoy lo quiero compartir cn ustedes...espero que lo disfruten tanto como yo lo hice y lo hago cada vez que lo leo!

Antes una breve biografia del autor...Manucho!!





Manuel Mujica Lainez

El novelista nació en Buenos Aires el 11 de septiembre de 1910. Fueros sus padres Manuel Mujica Farías y Lucía Lainez Varela.

Por su abuelo paterno, Eleuterio Santos Mujica y Cobarrubias, recibió el amor a la tierra natal, y por el otro abuelo, Bernabé Lainez Cané, el gusto por la literatura.

En 1923 la familia se traslada a Europa, donde Manuel Mujica Lainez completa dos años de su educación en París. Su primera novela, dedicada a su padre, fue escrita en francés y se tituló Louis XVII.

Termina su educación secundaria en el Nacional de San Isidro.






En 1936 contrae matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo, y ese mismo año publica Glosas Castellanas.

Ya es para entonces periodista en el diario "La Nación", donde va ocupando puestos cada vez más importantes, hasta su jubilación.

Dos años después de Glosas Castellanas publica Don Galaz de Buenos Aires. Le sigue la biografía de su antepasado Miguel Cané (Padre) en 1942, Aniceto el Gallo (1943), Anastasio el Pollo (1947), biografías de Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo respectivamente.






Luego, en 1949, publica un libro de cuentos, Aquí Vivieron, cuentos que giran alrededor de una quinta de San Isidro.

Su segundo libro de cuentos, Misteriosa Buenos Aires, sigue la misma línea: todos ellos e ambientan en la ciudad capital, desde su fundación hasta principios de este siglo.

Evoca las distintas épocas de la ciudad, desde su aspecto de aldea hasta que va perfilandose como la gran ciudad en la que se convertiría.

Aparecen en ella personajes típicos y también hechos y personajes reales, que Mujica Lainez documentó largamente.

Luego sigue una serie de libros que pintan a la sociedad porteña de su época, con un brillo decadente: Los Idolos, La Casa, Los Viajeros e Invitados en El Paraíso.

Bomarzo inicia un nuevo ciclo. Es una novela sobre el Renacimiento italiano, que ha dado argumento a una ópera conocida ya mundialmente, con música de Alberto Ginastera.






El Unicornio es el título de la novela siguiente, ambientada en la edad media. Le suceden Crónicas Reales, y De Milagros y de Melancolías.

A punto de jubilarse de su trabajo como crítico de arte y columnista en el diario "La Nación", Manuel Mujica Lainez decide comprar una casa en las sierras de Córdoba, zona a la que venían a menudo, a casa de parientes y amigos.

La idea era escapar, por unos meses cada año, de los compromisos de Buenos Aires, a fin de lograr tranquilidad para dedicarse a escribir.

En 1969 el escritor y su familia se trasladan a Cruz Chica, y se instalan en una antigua casona de estilo colonial español, rodeada por un importante parque: "El Paraíso" .

Allí sigue su incansable labor: Cecil , El Laberinto, El viaje de los Siete Demonios, Sergio, Los Cisnes, El Brazalete, El Gran Teatro, Un novelista en el Museo del prado.

En "El Paraíso" fallece el 21 de abril de 1984.










Ahora si, les dejo uno de los cuentos de Misteriosa Buenos Aires...





EL HOMBRECITO DEL AZULEJO

1875

Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja.

Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas

severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el

doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente

esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el

hombro del otro, y comenta:

-Esta noche será la crisis.

-Sí -responde el doctor Eduardo Wilde-; hemos hecho

cuanto pudimos.

-Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche... Hay que

esperar..

Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus

compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del

Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan

serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres

famosos por su buen humor, que en el primero se expresa

con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de

ironía mordaz.

Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan

en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la

Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el

comentario y en su calavera flota una mueca que hace las

veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.

El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en

Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino

a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los

Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por

error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital

argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente, el único

distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo

acompañan en el zócalo, son azules como él, con dibujos

geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el

blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su

diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas

antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha.

Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó

con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa

interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para

completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada

cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo

descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara

que entre los baldosines había uno, disimulado por la

penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros,

los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos

por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos

canastos, y no se percataban del menudo extranjero del

zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que

atravesaban el zaguán y tampoco lo veían; ni lo veían las

chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta

aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la

Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y

entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de

inmediato.

Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde

el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio

del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por

dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que

sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy

secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo

del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando

estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y

que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos

bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón

hecho con una rama de manzano.

-¡Martinito! ¡Martinito!

El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata

gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su

soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla

durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la

minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y

paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del

montante donde hay una pequena lira.

Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le

escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y

vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano

huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al

sahumerio encendido en el brasero de la sata.

Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo

declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte

espera en el brocal.

El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En

el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los

espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una

extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del

mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas “calaveras,

ejemplos y corridos” ilustró durante la dictadura de Porfirio

Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está

vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo

es.

Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con

muchos botones y cintas, y la gorra emplumada que un moño

de crespón sostiene bajo el maxilar, y estudia su cráneo

terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la

calavera de la propia Muerte y fosforece con verde

resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.

Ni un rumor se oye en la casa. El ama recomendó a todos

que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran

ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han

reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la

señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados

sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho

zumba como si pidiera silencio, alrededor de la unica

lámpara encendida.

Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le

late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando

a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes

nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará

solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es

la ternura.

La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el

brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El

hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va

hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los

hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón.

Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte,

cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que

podría dormir en la palma de la mano de un chico, tan

insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en

el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que

algo extraño sucede en la superficie, y saca la cabeza del

caparazón.

La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas

mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los

mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el

relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una

guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar.

Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha

quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.

-Madame la Mort...

A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en

francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla

perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad

donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no

cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas.

Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran

Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a

todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio,

exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos

Atres, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo

esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer

su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la

llamen a una así: “Madame la Mort.” Eso la aproxima en el

parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo

conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los

reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en

el momento en que los embajadores y los príncipes calculan

las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.

-Madame la Mort...

La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a

Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el

brocal.

-Al fin -reflexiona la huesuda señora- pasa algo distinto.

Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada

visita suya, los que pueden verla -los gatos, los perros, los

ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con

sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los

moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los

cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en

los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las

porcelanas- fingen no enterarse de su cercanía, pero

enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse

de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo,

¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos

moriremos; también morirá la Muerte.

Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma

desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del

brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le

sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a

hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin

citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin

lágrimas. Y ¿qué le dice?

La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco

minutos.

Martinito le dice que comprende que su misión debe ser

muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que

ella le responda, descontando su respuesta afirmativa, el

hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que

transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de

Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los

Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica, “rue de

Poitiers”, y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o

carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero

que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N’est-ce

pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y,

adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos,

le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda

enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una

moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un

remedio para la calvicie y que, de tanto repetir

demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso

pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos

Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta,

galantemente, “comme un gentilhomme”, y luego desaparece

corneteando...

La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj.

Faltan treinta y tres minutos.

Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires

ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la

amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a

hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos

y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina,

donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la

noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta

Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes

más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe

de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo,

hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos

cuernos marciales, “bastante diferentes, “nest-ce pas, de la

corneta del mayoral del tránguay”, sitiando castillos e

incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses,

con los borgoñones.Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres

revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con

leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla;

hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a

las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque

Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además

no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más

truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace

reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando

inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por

sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de

Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se

desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su

adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que

los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo

flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un

almohadón enorme, para fingir su corpulencia.

La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado

coronamiento del aljibe.

-Y además... -prosigue el hombrecito del azulejo.

Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se

persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz

revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de

nuevo, y ha comprobado que el plazo que el destino

estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un

brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca,

nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el

barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá

cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve,

iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y

corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a

pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de

mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa

como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La

Muerte lo persigue y lo alcanza en momentos en que

pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo

descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las

calzas de caballero antiguo.

-Él se ha salvado -castañetean los dientes amarillos de la

Muerte-, pero tú morirás por él.

Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el

pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va

agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen

al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja

en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y

despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa,

arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que

hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.

Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En

cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del

cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían.

El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta

vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se

sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han

contagiado del optimismo que emana de su buen humor.

Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de

solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de

histología y anatomía patológica y de que el segundo es

profesor de medicina legal y toxicología, también en la

Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que

Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano

en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del

disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor

de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los

faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba

municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y

enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y

Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha

compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece

remota, soñada, irreal.

Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en

brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a

visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo

corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y

que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y

tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe

nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio,

sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del

aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a

su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni

siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se

ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo

único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en

un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.

El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al

hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes,

cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y

como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ése es

día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo

de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la

cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y

fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que

verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio,

pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto

trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el

más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy

no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a

Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de

los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:

-¡Ahí va algo, abarájenlo!

Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto,

con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano

francés estampado en una cerámica puede burlar a la

Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas

de un niño. ■





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Descarga Misteriosa Buenos Aires:



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Un placer poder compartir con ustedes!!



Saludos!










































Autor: vagandoxlaciudad
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