¿Qué es la Meditacion?

¿Qué es la Meditacion?

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¿Qué es la Meditacion?






La verdad en si misma solo puede ser alcanzada dentro de uno mediante la más profunda meditación y conciencia. Buda



Practiquen la meditación. Es algo fundamental. Una vez que se la disfruta, ya no se la puede abandonar, y los beneficios son inmediatos. Dalai Lama





La meditación es LÚDICA






La meditación no es algo propio de la mente, sino algo que está más allá de ella. Y el primer paso es asumir una actitud lúdica frente a la medita­ción. Si tomas la meditación como al­go divertido, la mente no podrá des­truir tu meditación. Si no lo haces, la transformará en otro viaje del yo y te tornará muy serio. Comenzarás a pen­sar: "Soy un gran meditador. Soy más sagrado que el resto de la gente, mientras que todo el mundo es terre­nal, soy religioso, soy virtuoso." Es esto lo que les ha sucedido a miles de así llamados santos, moralistas, puri­tanos: solamente están jugando jue­gos del yo, sutiles juegos del yo.



Por eso quiero cortar esto de raíz desde el principio. Enfrenta la medi­tación con una actitud lúdica. Es una canción para ser cantada, una danza para ser danzada. Tómala como diver­sión y te sorprenderás: si puedes asu­mir en forma lúdica la meditación, és­ta se desarrollará a pasos agigantados.



Pero tú no estás anhelando logro alguno. Simplemente, estás disfrutan­do de sentarte en silencio, gozando el mero acto de sentarte en silencio. No se trata de que estés a la espera de al­gún poder de yogui, siddhis,* mila­gros. Todo eso no tiene sentido: es la misma tontería de antes, el mismo viejo truco, pero con nuevas palabras, en un nuevo plano... La vida como tal debe ser entendida como un chiste del cosmos. Entonces, de repente, te rela­jarás porque no hay nada por lo que tensionarse. Y, en esa misma relaja­ción, algo empieza a cambiar en ti: hay un cambio radical, una transfor­mación. Y las pequeñas cosas de la vi­da comienzan a cobrar un nuevo sen­tido, una nueva significación. Enton­ces, nada es pequeño, todo empieza a tomar un nuevo sabor, una nueva at­mósfera. Uno empieza a sentir una es­pecie de santidad por todas partes. Uno no se transforma en cristiano, no se transforma en hindú, no se trans­forma en mahometano. Uno simple­mente se vuelve un amante de la vida. Uno aprende una sola cosa: cómo go­zar de la vida.



Pero gozar de la vida es el camino hacia Dios. ¡Danza tu camino hacia Dios, ríe tu camino hacia Dios, canta tu camino hacia Dios!



La meditación es CREATIVA







Hasta ahora, has vivido de determi­nada manera. ¿No te gustaría vivir de otro modo? Hasta ahora, has pensado



en cierta forma. ¿No te gustaría algu­na nueva vislumbre en tu ser? Enton­ces, manténte alerta y no escuches a la mente. La mente representa al pa­sado que permanentemente intenta controlar tu presente y tu futuro. Es el pasado muerto que sigue controlando el presente vivo. Simplemente, toma conciencia de esto.



¿Pero cuál es la manera? ¿Cómo continúa haciéndolo la mente? La mente lo hace con su método. Dice: "Si no me prestas atención, no serás tan eficiente como yo. Si repites lo antiguo, puedes lograr mayor eficien­cia, porque ya lo has hecho antes. Si emprendes algo nuevo, no puedes ser tan eficiente." La mente sigue hablan­do como un economista, como un ex­perto en eficiencia. Sigue diciendo: "Esto es más fácil de hacer. ¿Por qué hacerlo de la forma dificultosa? Ésta es la vía que ofrece menor resisten­cia."



Recuerda: siempre que tengas dos opciones, dos alternativas, elige la nueva. Opta por la más difícil, aquella en la cual sea necesario un mayor co­nocimiento. A costa de la eficiencia, elige siempre el conocimiento, y ge­nerarás una situación en la cual se ha­ga posible la meditación. Son sola­mente situaciones. La meditación ten­drá lugar. No estoy afirmando que só­lo creando estas situaciones se consiga la meditación, pero ellas son útiles.



Generarán en ti la situación necesaria, sin la cual no podría haber meditación. Sé menos eficiente pero más crea­tivo. Deja que éste sea el motor. No te preocupes demasiado por los fines utilitarios. Más bien, recuerda siem­pre que no estás aquí, en la vida, para transformarte en una mercancía. No estás aquí para convertirte en una uti­lidad con escasa dignidad. No estás aquí nada más que para volverte más y más eficiente. Estás aquí para tor­narte más y más vivo. Estás aquí para hacerte más y más inteligente. Estás aquí para volverte más y más feliz, exaltadamente feliz. Pero esto está to­talmente alejado de los caminos de la mente.





La meditación es CONCIENCIA







Cualquier cosa que hagas, hazla con profunda conciencia. Entonces, inclusive las cosas pequeñas se trans­forman en sagradas. Entonces, coci­nar o limpiar se transforma en cosas sagradas; se hace culto de ellas. No se trata de qué es lo que haces, sino de cómo lo haces. Puedes limpiar el piso como un robot, un artefacto mecáni­co; tienes que limpiarlo, así que lo ha­ces. Entonces, te pierdes algo hermo­so. Así, malgastas esos momentos na­da más que en limpiar el piso. Lim­piar el piso podía haber sido una ex­periencia grandiosa. Te la perdiste. El suelo está limpio, pero algo que podía haber pasado en tu interior no ha pasado. Si hubieras tenido conciencia, tú también (y no sólo el piso) habrías sentido el efecto de una profunda pu­rificación. Limpia el piso con plena conciencia, con el brillo del conoci­miento. Trabaja, siéntate o camina, pero con un hilo conductor: ilumina más y más momentos de tu vida con la conciencia. Deja que la vela del co­nocimiento se encienda en cada mo­mento, en cada acto. El efecto acumu­lativo de todos los momentos juntos los transforma en una gran fuente de luz.




La meditación es tu NATURALEZA







¿Qué es la meditación? ¿Es una téc­nica que se puede practicar? ¿Es un esfuerzo que tienes que hacer? ¿Es al­go que la mente puede lograr? No. Todo lo que la mente es capaz de ha­cer no puede ser meditación. Se trata de algo que está más allá de la mente, y en ese terreno la mente resulta abso­lutamente inútil. La mente no puede acceder a la meditación. Donde termi­na la mente, comienza la meditación. Es necesario recordar esto, porque en nuestras vidas, hagamos lo que haga­mos, lo hacemos a través de la mente; sea lo que sea lo que logramos, lo lo­gramos a través de la mente. Y enton­ces, cuando nos volvemos hacia adentro, nuevamente empezamos a pensar en términos de técnicas, métodos, ac­ciones, porque toda la experiencia de vida nos muestra que la mente puede lograrlo todo. Sí, a excepción de la meditación, la mente puede lograrlo todo. Todo lo ejecuta la mente, salvo la meditación. Porque la meditación no es un logro; es un estado previo: es tu naturaleza. No es necesario adqui­rirla; sólo es preciso reconocerla, sólo hay que recordarla. Está allí esperán­dote: basta con darte vuelta y está a tu disposición. Te ha estado acompañan­do desde siempre.



La meditación es tu naturaleza in­trínseca: eres tú, es tu ser, no tiene na­da que ver con tus acciones. No puedes tenerla y no puedes no tenerla. No puede ser poseída, pues no es una co­sa. Eres tú mismo. Es tu ser.




La meditación es INACCIÓN







Cuando la gente viene y me pre­gunta "¿Cómo hago para meditar?", yo le respondo: "No es necesario pre­guntar cómo se medita. Pregunta có­mo hacer para permanecer libre de ocupaciones. La meditación se produ­ce espontáneamente. Sólo pregunta cómo tener tiempo libre de ocupacio­nes: eso es todo. En esto consiste to­do el truco de la meditación: en cómo permanecer libre de ocupaciones. En­tonces, no puedes hacer nada: la me­ditación habrá de florecer."



Cuando no estás haciendo nada, la energía se desplaza hacia el centro, se instala en el centro. Cuando estás ha­ciendo algo, la energía se dirige hacia afuera. Actuar es una forma de salirse de uno mismo. No actuar es una for­ma de entrar en uno. Las ocupaciones son un medio de escape. Puedes leer la Biblia, puedes transformarlo en una ocupación. No hay diferencia alguna entre una ocupación religiosa y una secular: todas son ocupaciones y te ayudan a quedarte en la parte exterior de tu ser. Son excusas para quedarse del lado de afuera.



El hombre es ignorante y ciego, y quiere seguir siéndolo, porque le pa­rece que volverse hacia el interior es como entrar en un caos. Y así es. En tu interior, has generado un caos. Tie­nes que salir a su encuentro y superar­lo. Se requiere coraje: coraje para ser uno mismo, y coraje para meterse dentro de uno mismo. No conozco co­raje más grande que ese coraje de ser meditativo.



Pero la gente que se queda en la parte exterior, ya sea con cosas terre­nales o no terrenales, pero igualmente con ocupaciones, piensa... y ha dado origen a un rumor a su alrededor: tie­nen sus propios filósofos, que dicen que, si eres un introvertido, de alguna manera estás enfermo, algo no anda bien contigo. Y constituyen la mayo­ría. Si meditas, si te sientas en silen­cio, se burlarán de ti:



"¿Qué estás haciendo? ¿Mirándote fijamente el ombligo? ¿Abriendo el tercer ojo? ¿Adónde vas? ¿Estás en­fermo?... Porque, ¿qué hay para hacer en el interior? No hay nada."



Para la mayoría de la gente, el inte­rior no existe; sólo consideran que existe el afuera. Y en realidad es exac­tamente al revés: sólo el adentro es real; el afuera no es más que un sue­ño. Pueden llamar enfermos a los introvertidos, pueden llamar enfermos a los meditadores. En Occidente, pien­san que el Oriente está algo perturba­do: ¿cuál es la finalidad de sentarse solo y dirigir la mirada hacia adentro? ¿Qué va uno a encontrar allí? No hay nada.



David Hume, uno de los grandes filósofos británicos, lo intentó una vez... porque estaba estudiando los Upanishads * y éstos repetían: "Entra, entra, entra." Éste era su único mensa­je. Así que lo intentó. Un día cerró los ojos (un hombre totalmente profano, muy lógico, empírico, pero en absolu­to meditativo), cerró sus ojos y excla­mó:



"¡Es tan aburrido! Es aburrido mi­rar hacia el interior de uno mismo. Los pensamientos se movilizan, a ve­ces algunas emociones también, pero siguen disparándose en la mente, y tú continúas observándolas. ¿Con qué objetivo? Es inútil. No tiene sentido."



Y así lo entiende mucha gente. La perspectiva de Hume es la de la mayor parte de la gente. ¿Qué estás haciendo para llegar al interior de ti mismo? Hay oscuridad, pensamientos flotan­do aquí y allá. ¿Qué harás? ¿Qué sal­drá de esto? Si Hume hubiera espera­do un poco más (lo cual es difícil pa­ra personas como él), si hubiera sido un poco más paciente, a medida que los pensamientos desaparecen, las emociones se serenan. Pero, si esto le hubiera ocurrido a Hume, habría di­cho:



"Esto es aun peor, porque viene el vacío. Al menos, antes había pensa­mientos, algo de que ocuparse, para observar, algo en que pensar. Ahora, han desaparecido hasta los pensa­mientos; queda sólo el vacío... ¿Qué hacer con el vacío? Es absolutamente inútil."



Pero, si hubiera esperado un poco más, entonces también hubiera desa­parecido la oscuridad. Es como cuan do dejas un lugar iluminado por el cá­lido sol y entras a la casa: todo se ve oscuro porque tus ojos necesitan po­nerse un poco a tono. Están adaptados al cálido sol de afuera; en compara­ción, tu casa parece oscura. No pue­des ver; te sientes como si fuera de noche. Pero esperas, te sientas, des­cansas en una silla y, tras unos segun­dos, tus ojos se adaptan. Ahora, ya no está oscuro, un poco más de luz... Descansas una hora y todo es lumino­so, no hay oscuridad para nada.



Si Hume hubiera esperado un poco más, la oscuridad también se hubiera desvanecido. Como has pasado en el cálido sol de afuera muchas vidas, tus ojos se han acomodado a él, han per­dido la flexibilidad. Necesitan un ajus­te. Cuando uno entra a la casa, le lleva un ratito, algo de tiempo y de pacien­cia. No te apresures.



Nadie puede llegar a conocerse a sí mismo con apuro. Es una espera muy, muy profunda. Se necesita una pacien­cia infinita. Lentamente, la oscuridad desaparece. Surge una luz que no pro­viene de fuente alguna. No tiene llama, no hay una lámpara encendida, tampo­co está el sol allí. Una luz, tal como aparece a la mañana, cuando la noche ha desaparecido y el sol aún no ha sali­do... O como a la tarde, en el crepúscu­lo, cuando el sol se ha puesto y todavía no ha caído la noche. Ésta es la razón por la cual los hindúes denominan a su oración sandhya. Sandhya significa crepúsculo, luz que carece de fuente.



Cuando te dirijas hacia el interior, llegarás a la luz que carece de fuente. En esa luz, por primera vez, comienzas a comprenderte a ti mismo y a en­tender quién eres, porque tú eres esa luz. Tú eres ese crepúsculo. Tú eres esa sandhya, esa pura claridad, esa percepción, donde el observador y lo observado desaparecen, permanecien­do sólo la luz.





La meditación es ser TESTIGO




La meditación comienza por sepa­rarse de la mente, por ser un testigo. Ésta es la única manera de separarse



de algo. Si estás mirando hacia la luz, naturalmente, una cosa es segura: tú no eres la luz; eres quien está miran­do la luz. Si estás observando las flo­res, una cosa es segura: tú no eres la flor; eres el observador.



La contemplación es la clave de la meditación. Contempla tu mente. No hagas nada: ni repetir un man­tra, ni repetir el nombre de Dios. Só­lo observa lo que la mente hace. No la perturbes, no la obstaculices, no la re­primas; no emprendas nada por tu parte. Limítate a ser un observador. Y el milagro de la contemplación es la meditación. A medida que observes, lenta, lentamente, la mente se vaciará de pensamientos. Pero no te estás quedando dormido; estás cada vez más alerta, más consciente.



Cuando la mente se vacía por com­pleto, toda tu energía se transforma en una llama de despertar. Esta llama es el resultado de la meditación. Así que puedes decir que la meditación es otro nombre de la contemplación, del ser testigo, de la observación, sin emitir juicio ni evaluación alguna. Sólo por medio de la contemplación, saldrás de inmediato de la mente...



Todo lo que el yogui Maharishi Mahesh y otros como él hacen está bien, pero llaman meditación a algo que no lo es. Allí es donde están guiando a la gente por un camino errado. Si hubieran seguido siendo sinceros y auténticos, y le hubieran dicho a la gente que esto traería salud mental, salud física, una vida más re­lajada, una existencia más pacífica, hubiera sido correcto. Pero, una vez que comenzaron a llamarla "medita­ción trascendental", le habían atribui­do a algo muy trivial una grandiosa significación que no le corresponde. La gente ha participado de la medita­ción trascendental durante años y, en Oriente, durante miles de años. Pero esto no se ha transformado, para la gente, en un mayor autoconocimien­to, y no los ha convertido en Buda Gautama.



Si deseas entender exactamente qué es la meditación, el Buda Gauta­ma es el primer hombre que arribó a una definición correcta y precisa: es ser testigo.





La meditación es un SALTO







Nunca puedes ir más allá de la mente si sigues utilizándola. Tienes que dar un salto, y la meditación im­plica ese salto. Ésta es la razón por la cual la meditación es ilógica, irracio­nal. Y no se la puede tornar lógica; no se la puede reducir a la razón. Tienes que experimentarla. Únicamente si pasas por esta experiencia, adquieres conocimiento. Así que intenta esto: no pienses en ella; intenta, trata de ser testigo de tus propios pensamientos. Siéntate, relajado, cierra los ojos, de­ja fluir tus ideas como fluyen las imá­genes en una pantalla. Obsérvalas, míralas, hazlas tus objetos. Surge un pensamiento: contémplalo profundamente. No pienses en él; sólo obsér­valo. Si empiezas a pensar en él, no serás testigo: habrás caído en la tram­pa.



Hay afuera una bocina. Surge una idea: "está pasando un auto"; o ladra un perro, o algo sucede. No pienses en ello; sólo contempla la idea. El pensamiento ha surgido, ha tomado forma. Aunque sea por un solo instan­te, si eres capaz de observar el proce­so de pensamiento sin pensar en él, habrás aprendido a ser testigo y ha­brás ganado algo al serlo. Es un gus­to, un gusto diferente del pensar (to­talmente diferente). Pero es necesario experimentar con él. La religión y la ciencia son polos opuestos, pero en algo se parecen y ponen el acento en lo mismo: la ciencia depende de la ex­perimentación, al igual que la reli­gión. Sólo la filosofía es no experi­mental. La filosofía sólo depende del pensar. Tanto la religión como la cien­cia dependen de la experiencia: en el caso de la ciencia, con objetos; en el caso de la religión, con tu subjetivi­dad. La ciencia depende de la experi­mentación con cosas, no contigo; y la religión depende de la experimenta­ción directa contigo.



Es difícil, porque en la ciencia el experimentador está allí, el experi­mento está allí y el objeto que va a ser experimentado también. Hay tres co­sas: el objeto, el sujeto y el experi­mento. En la religión, tú eres estas tres cosas al mismo tiempo. Debes experimentar contigo mismo. Tú eres el sujeto, el objeto y el laboratorio. No sigas pensando. Comienza por al­gún lado, empieza a experimentar. Entonces, tendrás una sensación di­recta de lo que es pensar y lo que es ser testigo. Y así llegarás a saber que no puedes hacer las dos cosas en for­ma simultánea, así como no puedes correr y estar sentado al mismo tiem­po. Si corres, no puedes estar sentado, entonces no te sientas. Y si estás sen­tado, no puedes correr. Pero sentarse no es la función de las piernas. Correr es la función de las piernas; no sentar­se. En realidad, sentarse es la no fun­ción de las piernas. Cuando las pier­nas están funcionando, no estás senta­do. Sentarse es la no función de las piernas; correr es su función.



Lo mismo ocurre con la mente: pensar es una función de la mente; ser testigo implica una no función de la mente. Cuando la mente no está fun­cionando, puedes ser testigo, y enton­ces tienes la conciencia.





La meditación es CIENTÍFICA







La meditación es un método puro y científico. En ciencia, se llama ob­servación, observación de los obje­tos. Cuando miras hacia tu interior, es la misma observación, sólo que haciendo un giro de ciento ochenta grados y dirigiendo la mirada hacia adentro. Ésta es la razón por la cual la llamamos meditación. No es nece­sario Dios alguno, así como no es necesaria Biblia alguna. No es nece­sario, como prerrequisito, tener un sistema de creencias.



Un ateo puede meditar, así como puede hacerlo cualquier persona, por­que la meditación no es sino un méto­do de volverse hacia el interior.





La meditación es un EXPERIMENTO







¿No crees en Dios? Eso no es un impedimento para la meditación. ¿No crees en el alma? Eso no es un impe­dimento en la meditación. ¿No crees en nada? Eso no es un obstáculo. Pue­des meditar, pues la meditación sim­plemente indica cómo acceder al inte­rior de uno mismo: si hay o no un al­ma no tiene importancia, así como no la tiene si existe o no un Dios.



Una cosa es segura: que tú existes. Si seguirás existiendo después de la muerte o no, no interesa. Sólo impor­ta una cosa: en este preciso momento, tú existes. ¿Quién eres? Para acceder a ello, está la meditación: para pene­trar más hondo en tu propio ser. Tal vez sea sólo algo momentáneo; tal vez no seas eterno; tal vez la muerte ponga fin a todo. No imponemos con­dición alguna en que estés obligado a creer. Sólo decimos que tienes que probar. Simplemente inténtalo. Un día sucede: los pensamientos no están allí. Y de repente, cuando las ideas desaparecen, tú quedas separado de tu cuerpo, pues los pensamientos consti­tuyen el puente entre ambos. A través de ellos, estás unido al cuerpo. Cons­tituyen el nexo. En forma repentina, el nexo desaparece: tú estás allí, el cuerpo también está allí, y hay un in­finito abismo entre ambos. Entonces, sabes que el cuerpo ha de morir, en tanto que tú no puedes morir.



Entonces, no se trata de algo como un dogma; no es un credo, es una ex­periencia que se comprueba por sí misma. Ese día, la muerte desaparece.



Ese día, la duda desaparece, porque ya no necesitas estar permanentemen­te defendiéndote. Nadie puede des­truirte: eres indestructible. Entonces, la confianza surge, se desborda. Y te­ner confianza es estar en éxtasis; tener confianza es estar en Dios; tener con­fianza es estar satisfecho.



Así que yo no hablo de cultivar la confianza, sino de experimentar la meditación.




La meditación es SILENCIO







La mente implica palabras; el yo, silencio. La mente no es sino la suma­toria de todas las palabras que has acumulado. El silencio es algo que siempre ha estado contigo, no es una acumulación. Éste es el significado del yo: es tu cualidad intrínseca. So­bre el fondo del silencio, continúas acumulando palabras, y la sumatoria de todas las palabras es lo que se co­noce como mente. El silencio es me­ditación. Es una cuestión de cambiar la percepción de la forma, de desviar la atención de las palabras hacia el si­lencio, que siempre ha estado allí.





La meditación es el PASO





La meditación es un estado natural, que hemos perdido. Es un paraíso perdido, pero el paraíso puede ser re­cuperado. Mira a los niños a los ojos... Míralos y verás un gran silen­cio, una inocencia. Cada niño viene con un estado meditativo, pero debe ser iniciado en los caminos de la so­ciedad: hay que enseñarle a pensar, a calcular, a razonar, a discutir; hay que enseñarle las palabras, el lenguaje, los conceptos. Y lenta, lentamente, pierde contacto con su propia inocencia. Se contamina, es corrompido por la so­ciedad. Se transforma en una maqui­naria eficiente; deja de ser un hombre.



Todo lo que se necesita es recupe­rar ese espacio una vez más. Alguna vez lo conociste, así que, cuando te acercas a la meditación por primera vez, te sorprendes, pues un gran sen­timiento surgirá en ti como si lo hu­bieras experimentado previamente. Y esa sensación es real: lo has vivido antes, pero lo has olvidado. El dia­mante se ha perdido en medio de un montón de basura. Pero, si eres capaz de descubrirlo, hallarás nuevamente el diamante: te pertenece.



No puede perderse verdaderamen­te: sólo se puede olvidar. Nacemos como meditadores y después apren­demos los caminos de la mente. Pero nuestra naturaleza real permanece es­condida en algún lugar, en las profun­didades, como una corriente submari­na. Cualquier día, una pequeña exca­vación, y encontrarás la fuente de la que aún fluye agua fresca. Y encon­trarla es uno de los más grandes pla­ceres de la vida.





La meditación es REMINISCENCIA







Dondequiera que estés, recuerda que tú existes. Esta conciencia de tu existencia debe tornarse una continui­dad. No tu nombre, tu casta, tu nacio­nalidad. Ésas son cosas fútiles, abso­lutamente vanas. Sólo recuerda: "Yo soy." No hay que olvidar esto. Esto es lo que los hindúes denominan remi­niscencia del yo, lo que Buda llamaba autocontemplación, lo que Gurdjieff solía denominar recuerdo del yo, y lo que Krishnamurti llama conciencia.



Ésta es la parte más sustancial de la meditación: recordar que "yo soy". Mientras camines, estés sentado, co miendo o hablando, recuerda el "yo soy". Nunca lo olvides. Será muy dificultoso y arduo. Al comienzo, los olvidos serán permanentes; sólo ha­brá momentos sueltos en los cuales te sentirás iluminado, que luego se per­derán. Pero no te sientas mal: aun es­tos momentos sueltos son mucho. Siempre que puedas volver a recor­dar, retoma el hilo. Cuando olvides, no te preocupes. Recuerda nuevamen­te, vuelve a retomar el hilo, y poco a poco las brechas se irán reduciendo, los intervalos comenzarán a perderse, y surgirá una continuidad. Y cuando tu conciencia adquiere continuidad, no necesitas usar la mente. Entonces, no hay planificación; es tu conciencia y no tu mente la que dirige tus actos. Entonces, no hay necesidad de defen­sa alguna, no hay necesidad de dar ex­plicación alguna. En consecuencia, eres lo que eres: no hay nada que es­conder. Aquello que eres, lo eres. No puedes hacer otra cosa. Únicamente puedes hallarte en un estado continuo de reminiscencia. A través de esta re­miniscencia, de esta autocontempla­ción, llega la auténtica religión, la au­téntica moralidad.




La meditación es LIBERTAD







Si la vida fluye hermosa, natural­mente, si no hay maestros negativos para la vida, si no hay ni políticos ni sacerdotes que te distraigan, enton­ces, cerca de los cuarenta y dos años, exactamente al llegar la madurez se­xual, madura la meditación. Alrede­dor de los cuarenta y dos años, uno comienza a sentirse volcado hacia adentro. Cerca de los catorce años, uno empieza a volcarse hacia los de­más, se torna extravertido. El amor implica extraversión; la relación es pensar en el otro. La meditación es in­troversión, y significa pensar en el propio ser, en el centro de uno mismo.



Entre los catorce y los cuarenta y dos años, se produce un cambio. Poco a poco, uno vive la vida, conoce lo que es el amor, sabe de su satisfacción y de su frustración, de su alegría y de su tristeza, de su belleza y de su es­panto, sabe que hay momentos de in­tenso éxtasis y, después, grandes va­lles de oscuridad. Entonces, uno em­pieza poco a poco a volcarse hacia el propio ser, dado que depender del otro nunca puede producir verdadero éxtasis. Si tu placer depende del otro, ese placer nunca puede tener en sí mismo la cualidad de la libertad. Y un placer que no tiene la cualidad de la libertad no es un gran placer. Si eres dependiente respecto del otro, enton­ces hay allí una limitación. El placer al que se accede a través del amor es momentáneo: sólo puedes encontrarte con el otro en algunos momentos; lue­go, te separas y te sientes solo. Entre­tanto, te sientes solo. Sólo por un mo­mento te unes con el otro. Entonces, uno empieza a pensar: "¿Hay alguna manera de hacerse uno con la existen­cia y no sentirse solo nunca más?"



En esto consiste la meditación. El amor es juntarse a la existencia a través de otra persona sólo durante algunos momentos. La meditación es juntarse a la existencia eternamente.



Yoga quiere decir "juntar". Esto debe suceder en algún profundo lugar del corazón. Y entonces hay placer y hay libertad. Y entonces hay dicha, pero no seguida de un valle de oscuridad. Entonces, la felicidad es eterna y la celebración es eterna.





La meditación es SENSIBILIDAD







Es la luz de la conciencia la que torna preciosas, extraordinarias las cosas. Entonces, las cosas pequeñas dejan de ser pequeñas. Cuando un hombre consciente, sensible y afec­tuoso toca un guijarro de la orilla, és­te se transforma en un diamante. Y si tocas un diamante en tu estado de in­conciencia, no es más que un guijarro ordinario (ni siquiera eso). La profun­didad y el sentido de tu vida serán proporcionales a tu nivel de concien­cia.



Ahora, la gente se pregunta por to­do el mundo: "¿Cuál es el sentido de la vida?" Evidentemente, el sentido está perdido, porque has perdido la forma de descubrir el sentido, y esta forma es la conciencia.





La meditación es CRECER







Envejecer no es algo valioso: todo animal pasa por eso, sin necesidad de usar la inteligencia. El crecimiento es una experiencia totalmente diferente. El envejecimiento es horizontal. El crecimiento es vertical: te lleva a las alturas, y te conduce a las profundida­des. Y habrá de sorprenderte saber que el tiempo es horizontal, lo cual suena bastante extraño. Pasa un mo­mento, luego viene otro momento, otro y otro más... sucediéndose en una línea, en una línea horizontal. El tiem­po es horizontal, tal como lo es la mente. A una idea le sigue otra, y a ésta, otra, y otra, pero en una línea, una hilera, una procesión o un embotellamiento, pero siempre en forma horizontal.



La meditación es vertical: va más allá de la mente y más allá del tiempo. Y, tal vez, finalmente llegues a la con­clusión de que el tiempo y la mente son equivalentes, son dos nombres del mismo fenómeno: la sucesión de ideas, de momentos. La meditación significa detener tanto el tiempo co­mo la mente, y empezar de repente a elevarse a la eternidad. La eternidad no forma parte del tiempo, y tampoco es un pensamiento; es una experien­cia.





La meditación es NO ESCAPISTA







El hombre que vive en el futuro vi­ve una vida falsificada. No vive ver­daderamente; sólo aparenta vivir. Es­pera vivir, lo desea, pero nunca lo ha­ce. Y el mañana nunca llega; siempre es hoy. Lo que viene es siempre aquí y ahora, y el hombre no sabe vivir el "aquí y ahora": sólo sabe escaparle. La forma de escapar al "aquí y ahora" se llama deseo, tanha (que es la pala­bra del Buda que hace referencia a una huida del presente, a un escape de lo real hacia lo irreal).



El hombre que desea es un escapis­ta.



Ahora, y esto es muy extraño, se piensa que los meditadores son escapistas. Esto es un completo contrasen­tido. Los meditadores son los únicos no escapistas: todos los demás sí lo son. La meditación implica dejar de lado el deseo, abandonar los pensa­mientos, deshacerse de la mente. La meditación significa relajarse en el momento, en el presente. La medita­ción es lo único en el mundo que no es escapista, a pesar de que se crea que es lo más escapista que hay. Quienes condenan la meditación a menudo lo hacen utilizando el argu­mento de que implica un escape, es­capar de la vida. Sólo dicen cosas sin sentido; no comprenden lo que dicen.



La meditación no implica escapar de la vida. Es escapar hacia la vida. La mente lleva a escapar de la vida; el deseo es escapar de la vida.





La meditación es un DON





Estar en silencio es el arte más simple del mundo. No es una acción, sino una no acción. ¿Cómo puede re­sultar dificultoso?



¡Te estoy mostrando el camino de la iluminación a través de la pereza! No hay que hacer nada para alcanzar la, pues está en tu naturaleza. Ya la tienes; sólo que estás tan ocupado con otras actividades que no puedes perci­bir tu propia naturaleza.



En las profundidades de tu interior es como afuera: la belleza, el silencio, el éxtasis, la dicha. Pero, por favor, a veces ten clemencia contigo: siéntate y no emprendas actividad alguna, ni física ni mental. Relájate, mas no al modo norteamericano... Puesto que he visto tantos libros norteamericanos titulados Cómo relajarse, en los que el título mismo indica que el autor no sabe nada acerca de la relajación: no hay "cómo".



Sí, está bien: Cómo reparar un au­tomóvil: tienes que hacer algo. Pero no hay acciones como tales en lo con­cerniente a la relajación. Simplemen­te, no hagas nada. Sé que te resultará algo difícil al comienzo. No se debe a que sea dificultoso relajarse, sino a que te has vuelto adicto a la necesidad de hacer algo. Llevará un tiempo su­perar esa adicción.



Sólo sé y contempla. Ser es no ha­cer y contemplar es también no hacer. Te sientas en silencio sin realizar acti­vidad alguna, siendo testigo de todo lo que suceda. Las ideas darán vueltas en tu mente. Puedes sentir cierta ten­sión en algunas partes del cuerpo; te puede doler la cabeza. Sólo sé testigo de lo que pase, no te identifiques con eso. Observa, sé como un observador que desde la montaña contempla lo que sucede en el valle. Es un don, no un arte.



La meditación no es una ciencia, no es un arte. Es un don; no más que eso. Todo lo que necesitas es un poco de paciencia.



Los viejos hábitos habrán de per­durar; las ideas seguirán precipitándo­se. Y tu mente siempre está como si fuera la hora pico, con el tránsito apretado. Tu cuerpo no está acostum­brado a sentarse en silencio: te move­rás y te darás vuelta. No hay de qué preocuparse. Simplemente, observa que el cuerpo se está moviendo y se está dando vuelta, que la mente está convulsionada, llena de ideas (consis­tentes, inconsistentes, fútiles), fanta­sías, sueños. Quédate en el centro, ob­servando.



Todas las religiones del mundo le han enseñado a la gente a hacer algo: detener el proceso de pensamiento, forzar el cuerpo a asumir una postura inmóvil. En esto consiste el yoga: en una larga práctica para forzar al cuer­po a una postura inmóvil. Pero un cuerpo forzado no está inmóvil. Y las oraciones, las concentraciones, las contemplaciones de todas las religio­nes hacen lo mismo con la mente: la fuerzan, no permiten que los pensa­mientos fluyan. Sí, tienes la capaci­dad de hacerlo. Y, si insistes, puedes detener el proceso de pensamiento. Pero esto no es lo real, es absoluta­mente fingido.



Cuando la inmovilidad viene por sí misma, cuando el silencio se instala sin que hagas esfuerzo alguno, cuan­do contemplas los pensamientos y lle­ga un momento en que empiezan a desaparecer las ideas y comienzan a producirse silencios, es hermoso. Los pensamientos se detienen por sí solos si no te identificas, si continúas en la posición del testigo y no dices: "Éste es mi pensamiento."



No dices: "Esto está bien; esto está mal", "Esto debería estar allí" y "Es­to no tendría que estar ahí". Si lo hi­cieras, ya no serías un observador: tendrías prejuicios, ciertas actitudes. Un observador no tiene prejuicios, no emite juicios de valor; sólo refleja lo que ve, como un espejo.



Cuando pones algo frente a un es­pejo, éste simplemente refleja lo que está delante. No juzga que el hombre es feo, o que es hermoso, ni dice:



"¡Ay! ¡Qué bonita nariz tienes!" El espejo no tiene nada que decir. Su na­turaleza es reflejar, y refleja. Ésta es la razón por la cual hablo de medita­ción: tú sólo reflejas todo lo que suce­de por dentro o por fuera.



Yo te lo garantizo... Puedo garanti­zarlo porque me ha pasado a mí y le ha pasado a mucha de mi gente. Sólo mira con paciencia; tal vez pasen unos pocos días, quizás hasta unos pocos meses, o tal vez unos pocos años. No hay forma de anticiparlo, puesto que cada individuo tiene un ritmo diferente.



Debes haber visto a la gente que junta antiguas estampillas de correo. Cada uno tiene una colección diferen­te; la cantidad puede ser diversa, por lo tanto el tiempo que le lleve a cada uno será diferente; pero trata de seguir como testigo hasta tanto puedas ha­cerlo. Y esta meditación no necesita un tiempo especial. Puedes limpiar el piso y permanecer en silencio obser­vándote a ti mismo limpiando el piso.



Puedo mover la mano sin concien­cia de ello, sin observarla, o bien pue­do moverla con plena conciencia. Y hay una diferencia cualitativa. Cuan­do la mueves en forma inconsciente, es mecánico. Cuando la mueves en forma consciente, hay gracia. Incluso en la mano, que forma parte de tu cuerpo, sentirás silencio, indiferencia.



¿Y qué decir de la mente? Con tu permanente observación, lentamente comienza a reducirse más y más la precipitación de ideas. Comienzan a aparecer momentos de silencio; apa­rece un pensamiento y después hay si­lencio antes de que aparezca otro pen­samiento.



Estas lagunas te brindarán la pri­mera vislumbre de meditación y el primer placer de estar llegando a puerto.





La meditación es CLARIDAD







Una vez que comprendes qué es la meditación, las cosas se aclaran mu­cho. Si no, puedes seguir andando a tientas en la oscuridad. La meditación es un estado de claridad, no un estado de la mente. La mente implica confu­sión; nunca es clara: no puede serlo. Los pensamientos crean nubes a tu al­rededor; nubes sutiles. Éstas generan una neblina, y se pierde la claridad. Cuando las ideas desaparecen, cuan­do no hay más nubes a tu alrededor, cuando te centras sólo en tu ser, se produce la claridad. Entonces, puedes ver mucho más lejos; puedes ver has­ta los confines mismos de la existen­cia. Entonces, tu mirada se torna penetrante, y llega hasta el centro mis­mo del ser.



La meditación es claridad, absolu­ta claridad, de la visión. No puedes pensar en eso. Debes dejar de pen­sar.




La meditación es VACÍO





Durante siglos se ha estado en con­tra del vacío. El vacío es maravilloso. Gente tonta ha estado diciéndote: "La mente en blanco es obra del Diablo." ¡La mente en blanco es obra de Dios! La mente ocupada constituye una obra del Diablo.



Pero es necesario estar verdadera­mente vacío. Ser holgazán no signifi­ca estar vacío; no hacer nada no signi­fica estar vacío: miles de ideas vocife­ran en tu interior. Puedes ser holgazán desde lo que se ve de afuera, pero en tu interior puede haber mucho traba­jo.



Pueden alzarse muchas paredes, pueden estarse preparando nuevas prisiones para que, cuando te hartes de las viejas, puedas acceder a las nuevas. En cualquier momento, pue­den quebrarse las viejas cadenas; por eso, puedes estar creando cadenas nuevas por si se rompen las viejas. Entonces, te sentirás muy vacío.



De vez en cuando sucede natural­mente, porque es tu misma naturaleza ser libre. Entonces, de vez en cuando, a pesar de ti... mirando un atardecer, de repente olvidas todos tus deseos. Olvidas toda ansia, todos tus anhelos de placer.



El atardecer es tan hermoso, tan so­brecogedor, que olvidas el pasado y el futuro: sólo queda el presente. Eres uno con el momento, no hay un ob­servador y un observado. El observa­dor se transforma en el objeto obser­vado. Tú no estás separado del atarde­cer.



Te une un puente a él. En esta co­munión accedes a un claro, y en vir­tud de él te sientes alegre. Pero nueva­mente vuelves a caer en el agujero ne­gro, por la simple razón de que, para salir al claro, necesitas el coraje de quedarte bajo el cielo vacío.



Esto es lo que llamo sannyas. Denomino a este coraje sannyas: no escapar, sino llegar al claro, con­templando el cielo sin nubes, oyendo los cantos de los pájaros sin distorsio­nes. Y, entonces, una y otra vez te vas adaptando al vacío y al placer de estar vacío.



Lenta, lentamente, ves que el vacío es algo más que el vacío. Implica una plenitud, una plenitud de algo de lo que nunca has tenido conciencia, una plenitud de algo que nunca has sabo­reado.



Es decir que al principio parece vacío, y al final está lleno, totalmente lleno, abrumadoramente lleno. Está lleno de paz, está lleno de silencio, es­tá lleno de luz.





La meditación es INTELIGENCIA




Mantén una mirada profunda den­tro de tu mente: fíjate cuáles son sus motivaciones. Cuando haces algo, busca de inmediato la motivación pues, si ésta se te escapa, la mente se­guirá engañándote y diciéndote que la motivación es otra. Por ejemplo: lle­gas a casa enojado y golpeas a tu hijo. Tu mente dirá: "Es por su bien, para enseñarle a comportarse." Esto es una racionalización. Busca más profunda­mente... Estabas enojado y buscabas a alguien con quien pudieras enfurecer­te. No podías pelearte con el jefe de la oficina, pues él es demasiado fuerte para enfrentarlo: sería un riesgo, ade­más de un peligro desde el punto de vista económico. Necesitabas a al­guien indefenso. Ahora, como este ni­ño está totalmente indefenso, depende de ti; no puede reaccionar, no puede hacer nada, no puede pagarte con la misma moneda. No podrías encontrar una víctima más perfecta.



Reflexiona: ¿estás enojado con el niño? Si lo estás, quiere decir que la mente te está embaucando.



La mente te engaña permanente­mente, las veinticuatro horas del día, y tú contribuyes a ello. Entonces, al final, te sientes miserable y te ganas el infierno. Busca en todo momento la motivación correcta. Si puedes encon­trarla, la mente tendrá cada vez me­nos posibilidades de engañarte. Y, cuanto más te alejes de la impostura, tanto más capaz serás de moverte más allá de la mente, y de transformarte en maestro.



Me he enterado...



Un científico le decía a un amigo: -No entiendo por qué insistías en que tu mujer usara un cinturón de cas­tidad mientras fuimos a la conven­ción. Después de todo, entre nosotros, como viejos camaradas, con la cara y la figura de Emma, ¿quién querría...? -Lo sé, lo sé -respondió el otro-. Pero, cuando vuelvo a casa, siempre puedo decir que he perdido la llave.



Reflexiona, busca la motivación in­consciente. La mente sigue intimidán­dote y dominándote, porque no eres capaz de ver sus verdaderas motiva­ciones. Una vez que una persona pue­de descubrir las verdaderas motiva­ciones, la meditación está muy cer­ca... porque entonces la mente deja de ejercer dominio sobre ella.



La mente es un mecanismo, carece de inteligencia. La mente es una com­putadora biológica, ¿cómo podría ser inteligente? Tiene cierta habilidad, pero no tiene inteligencia; tiene una utilidad funcional, pero carece de conciencia. Es un robot; funciona bien, pero no debes escucharla dema­siado, pues entonces perderás tu inte­ligencia interior. Entonces, es como si le estuvieras pidiendo a una máquina que te guiara, que te conduciera. Se lo estarías pidiendo a una máquina que no tiene en sí nada original: no puede tenerlo. Ni una sola idea de la mente es original; siempre es una repetición. Observa: siempre que la mente afirma algo, fíjate que te hace entrar en una rutina. Intenta hacer algo nuevo, y de esa manera disminuirá el poder de do­minación de la mente sobre ti.



Quienes de alguna manera son creativos siempre pueden transfor­marse sin dificultad en meditadores, mientras que quienes carecen de crea­tividad en sus vidas lo encuentran muy difícil. Si tienes una vida repeti­tiva, la mente tiene demasiado control sobre ti: no puedes alejarte de ella, por temor. Haz algo nuevo cada día. No prestes atención a la antigua ruti­na. De hecho, si la mente afirma algo, respóndele: "Esto es lo que hemos he­cho siempre; ahora, hagamos algo di­ferente." Aunque sean pequeños cam­bios... en el modo en que siempre te has comportado con tu esposa, sólo pequeños cambios; en la forma en que siempre caminas, sólo pequeños cam­bios; en el modo en que siempre ha­blas, pequeños cambios. Y verás que la mente va perdiendo su poder de do­minarte, a la par que tú te vas liberan­do.




La meditación es PURIFICACIÓN







Cualquier cosa que hagas, realízala con profunda conciencia; así, incluso las cosas pequeñas se tornan sagra­das. Entonces, limpiar o cocinar se vuelven cosas sagradas; se hace culto de ellas. La cuestión no es la actividad que estás realizando, sino cómo la es­tás haciendo. Puedes limpiar el piso como si fueras un robot, un objeto mecánico. Tienes que limpiarlo, en­tonces lo haces. Pero así te pierdes al­go hermoso, y malgastas esos mo­mentos sólo en limpiar el piso. Lim­piar el piso podría haber sido una gran experiencia, y la has dejado pasar. El piso está limpio, pero algo que podría haber sucedido dentro de ti no se produjo. Si hubieras estado consciente, la purificación no hubiera afectado sólo al piso, sino también a ti mismo. Lim­pia el piso pleno de conciencia, ilumi­nado de conciencia. Trabaja, o siénta­te, o camina, pero hay algo que debe ser el hilo conductor, con cierta conti­nuidad: ilumina de conciencia cada vez más momentos de tu vida. Deja que la vela de la conciencia se encien­da en cada momento, en cada acto. La iluminación no es sino el efecto acu­mulativo. El efecto acumulativo (to­dos los momentos juntos, pequeñas velas juntas) da por resultado una gran fuente de luz.





La meditación es un FLORECIMIENTO







Recuerda que la meditación te dará más y más inteligencia, infinita y ra­diante inteligencia. La meditación te volverá más vivo y más sensible; tu vida se enriquecerá. Observa a los as­céticos: sus vidas se han vuelto como si no fueran vidas. Ellos no son medi­tadores. Pueden ser masoquistas, que se torturan a sí mismos y gozan del sufrimiento... La mente es muy astu­ta: sigue haciendo cosas y racionali­zándolas. Por lo común, tu actitud es violenta hacia los demás, pero la mente es muy hábil: puede aprender la no violencia, predicar la no violen­cia, pero volverse violenta hacia sí misma. Y la violencia que ejerces contra ti mismo en general se respeta, pues la gente tiene la idea de que ser ascético significa ser religioso. Éstas son meras tonterías. Dios no es ascé­tico; de no ser así, no existirían las flores, ni árboles verdes: sólo habría desiertos. Dios no es ascético; de no ser así, no existirían nula música ni la danza de la vida: sólo habría cemen­terios y más cementerios. Dios no es ascético, sino que disfruta de la vida. Dios es más epicúreo de lo que pue­des imaginar. Si piensas en Dios, piensa en términos epicúreos. Dios es una búsqueda permanente de más y más felicidad, placer, éxtasis. Recuér­dalo.



Pero la mente es muy astuta. Puede racionalizar la parálisis como medita­ción; puede racionalizar el desinterés como trascendencia; puede racionali­zar la muerte como renuncia. Mantén la conciencia. Siempre recuerda que, si te mueves en la dirección correcta, seguirás floreciendo.





La meditación es TOMAR CONCIENCIA







Y recuerda: cada situación debe transformarse en una oportunidad pa­ra la meditación. ¿Qué es la medita­ción? Ser consciente de lo que estás haciendo, ser consciente de lo que te está pasando.



Alguien te insulta: adquiere con­ciencia de qué te sucede cuando reci­bes el insulto. Medita acerca de ello; esto modifica toda la estructura de la situación. Cuando alguien te insulta, te concentras en la persona: "¿Por qué me insulta? ¿Quién se cree que es? ¿Cómo podría vengarme?" Si el otro es muy poderoso, te rindes, comien­zas a mover ligeramente la cola. Si no es muy poderoso y lo ves débil, te abalanzas sobre él. Pero en todo esto te olvidas por completo de ti mismo. El otro se transforma en el foco de tu atención. Esto implica perder una oportunidad para la meditación. Cuando alguien te insulte, medita. Como dijo Gurdjieff: "Cuando mi pa­dre estaba agonizando, yo tenía sólo nueve años. Me pidió que me acerca­ra a su lecho y me murmuró al oído: -`Hijo, no te dejo mucho, al menos no en cosas terrenales. Pero tengo al­go para contarte, algo que a mí me di­jo mi padre en su lecho de muerte. Me ha ayudado muchísimo; siempre ha sido mi tesoro. Aún no estás muy ma­duro; tal vez no entiendas lo que digo, pero consérvalo, recuérdalo. Alguna vez crecerás y entonces podrás com­prender. Ésta es la clave que abre las puertas de grandes tesoros.



Por supuesto que Gurdjieff no po­día entenderlo en ese momento, pero fue esto lo que habría de modificar to­da su vida. Y su padre dijo algo muy simple. Dijo: "Cuando alguien te in­sulte, hijo mío, dile que meditarás acerca de ello durante veinticuatro horas y después volverás para respon­derle."



Gurdjieff no podía creer que esto fuera una clave tan importante. No podía creer que eso fuera algo tan va­lioso que debiera recordarlo. Y pode­mos ser indulgentes con un pequeño de nueve años. Pero, como eso fue al­go dicho por su agonizante padre, que tanto lo había amado y que, apenas lo dijo, dio su último aliento, quedó gra­bado en él. No podía olvidarlo. Cada vez que se acordaba de su padre, re­cordaba su frase.



Sin comprenderla realmente, co­menzó a practicarla. Si alguien lo in­sultaba, decía:



"Señor, tengo que meditar respecto de ello durante veinticuatro horas. Es lo que me ha dicho mi padre, que ya no está aquí. Y yo no puedo desobe­decer a un anciano muerto. Me quería muchísimo, y yo lo quería muchísimo a él; ahora, no hay manera de desobe­decerlo. Uno puede desobedecer a su padre mientras está vivo pero, cuando ha muerto, ¿cómo podría no hacerle caso? Así que, por favor, discúlpeme. Volveré en veinticuatro horas y le res­ponderé."



Decía: "Meditar durante veinticua­tro horas me ha aportado las más cla­ras visiones de mí mismo. A veces, he descubierto que el insulto era correc­to, que eso es lo que soy. Entonces, buscaba a la persona y le decía: "Se­ñor, gracias, tenía usted razón. No fue un insulto, sino sólo un comentario sobre algo real. Me llamó estúpido, y lo soy."



O a veces me ha pasado que medi­tar durante veinticuatro horas me lle­vaba a darme cuenta de que se trataba de una absoluta mentira. Pero, cuando algo es mentira, ¿por qué ofenderse? Entonces, nunca iba a decirle a esa persona que había mentido. Una men­tira es una mentira, ¿por qué moles­tarse por ella?"



La contemplación y la meditación, poco a poco, lo volvieron más atento a sus propias reacciones que a las de los demás




La meditación es DIVERSIÓN







Millones de personas se privan de hacer meditación porque se le ha atri­buido a la meditación una connota­ción errónea.



Se la ve como algo serio y depri­mente, se considera que contiene algo de religiosidad, se cree que es sólo para quienes están muertos, o casi muertos, para quienes son serios, me­lancólicos, tienen caras largas, han perdido el carácter festivo, la diver­sión, la naturaleza lúdica y las ganas de celebrar.



Éstas son las características de la meditación. Una persona verdadera­mente meditativa es de naturaleza lú­dica: para ella, la vida es diversión, una leela, un juego.



Y lo disfruta en gran forma. Esta persona no es seria; está relajada.





La meditación es COMPRENSIÓN







Tendrás que entender una de las cosas más importantes acerca de la meditación: que no hay técnica algu­na que nos conduzca a ella.



En lo concerniente a la meditación, no hay diferencia entre las llamadas antiguas técnicas y las nuevas técni­cas de retroalimentación biológica. La meditación no es un producto ob­tenido a través de la mente. Se produ­ce más allá de la mente. No hay técni­ca alguna que pueda ir más allá de la mente.



Pero habrá de producirse un ma­lentendido en los círculos científicos, y sobre cierta base. La base de todo el malentendido es la siguiente: cuando el ser de una persona se encuentra en estado de meditación, genera ciertas ondas en su mente. Estas ondas pue­den ser provocadas desde afuera por medios técnicos. Pero esas ondas no darán lugar a la meditación. Allí radi­ca el malentendido.



La meditación genera esas ondas; es la mente que refleja el mundo inte­rior.



Lo que sucede en el interior de ca­da uno no es observable. Pero lo que ocurre en la mente sí lo es. Ahora hay sensibles instrumentos... que nos per­miten evaluar qué clase de ondas se producen cuando una persona está dormida, qué clase de ondas se produ­cen cuando una persona está soñando, qué clase de ondas se producen cuan­do una persona está en estado de me­ditación.



Pero, creando estas ondas, uno no puede generar la situación: estas on­das no son más que síntomas, indica­dores.



Está muy bien: puedes analizarlas. Pero recuerda que no existen atajos para acceder a la meditación, y que ningún recurso mecánico demuestra ser útil para ello. De hecho, la medi­tación no requiere de técnica alguna, ni científica ni de otra clase.



La meditación es sólo compren­sión.



No se trata de sentarse en silencio. No se trata de cantar un mantra. Se trata de comprender los sutiles meca­nismos de la mente. A medida que de­sentrañas esos mecanismos mentales, vas adquiriendo una gran conciencia que no proviene de la mente. Este co­nocimiento va surgiendo en tu ser, en tu alma, en tu conciencia.



La mente no es más que un meca­nismo pero, cuando ese conocimiento aparece, seguro que habrá de generar a su alrededor un cierto patrón de energía. La mente nota ese patrón de energía. La mente tiene un mecanis­mo muy sutil.



Y tú estás estudiándolo desde afue­ra; por lo tanto, cuanto mucho, puedes analizar la mente. Al ver que siempre que alguien está en silencio, sereno y en paz, siempre, inevitablemente, aparece cierto patrón de ondas en su mente, el razonamiento científico afirmará: si podemos crear este patrón de ondas en la mente a través de cier­tas técnicas de retroalimentación bio­lógica, entonces el ser interior alcan­zará grandes niveles de conocimiento. Esto no va a suceder.



Estas ondas de la mente no consti­tuyen la causa de la meditación; al contrario, son su efecto. Pero no po­demos ir del efecto hacia la causa. Es posible crear ciertos patrones en la mente a través de la retroalimentación biológica, y estos patrones de ondas pueden provocar una sensación de paz, de silencio y de serenidad en la persona. Como ella misma ignora lo que es la meditación y no tiene mane­ra de comparar, puede ser llevada a creer que eso es la meditación. Pero no lo es. Porque, en el momento en que se detiene el mecanismo de re­troalimentación biológica, las ondas desaparecen, al igual que el silencio, la paz y la serenidad.



Y puedes continuar practicando con esos instrumentos científicos du­rante años: no cambiará tu carácter, no cambiará tu moralidad, no cambia­rá tu individualidad. Seguirás exacta­mente igual.



La meditación es transformadora. Te lleva a niveles más altos de con­ciencia y modifica todo tu estilo de vida. Transforma tus reacciones en respuestas hasta tal punto que resulta increíble que la misma persona que hubiera reaccionado con furia en una situación, ahora actúe con profunda compasión y con actitud amorosa en la misma situación.



La meditación es un estado del ser, al que se accede a través de la com­prensión.



Requiere de inteligencia; no de téc­nicas.




La meditación es ENCANTO







La meditación es simplemente sen­tirse encantado de la propia presencia. La meditación es el encanto de la pro­pia existencia. Es muy simple: un es­tado de conciencia en completa rela­jación, en el cual no haces nada. Cuando llega el momento de actuar, te pones tenso. De inmediato llega la ansiedad. ¿Cómo hacer? ¿Cómo lo­grarlo? ¿Cómo no rendirse? Ya has avanzado hacia el futuro. La medita­ción consiste simplemente en existir, sin hacer nada: ni acciones, ni pensa­mientos, ni emociones. Simplemente existes, y sólo te sientes encantado.



¿De dónde proviene este encanto cuando no estás realizando actividad alguna? No viene de ninguna parte, o bien procede de todas partes. No hay razones para él, pues la existencia es­tá hecha de un material llamado júbi­lo. Éste no requiere de causa, de razón alguna. Si estás triste, tienes un moti­vo para estarlo. Si estás feliz, simple­mente lo estás: no hay razones para ello. Tu mente tratará de encontrar una razón, porque no puede creer en lo inmotivado, por no poder contro­larlo. Con lo inmotivado, la mente se torna simplemente impotente. Por eso, la mente sigue hallando una u otra razón. Pero quiero decirte que, cuando estás feliz, no hay razón algu­na para ello. Cuando estás triste, tie­nes algún motivo para estarlo. Esto se debe a que la felicidad no es sino el material del cual estás hecho. Es tu propio ser, tu esencia más íntima. El júbilo es tu esencia más íntima.



Mira los árboles, los pájaros, las nubes, las estrellas... Y, si tienes ojos para ello, serás capaz de ver que la existencia toda está llena de alegría. Todo es simplemente dicha. Los árbo­les son felices sin razón alguna; no van a ser primeros ministros ni presi­dentes, no se volverán ricos ni recibi­rán nunca un resumen bancario. Con­templa las flores: no hay motivos. Es simplemente increíble lo alegres que son las flores.



La existencia toda está hecha del material llamado alegría.









¿Qué es la Meditacion? 2da Parte




















Autor: frangreco
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